A los 21 años conocí a mi pareja, y juntos decidimos apostar por un proyecto propio: abrimos un centro cultural que combinaba cafetería, bar y una variedad de propuestas artísticas y comunitarias. Al principio todo marchaba bien, con buena respuesta del público y mucho entusiasmo. Pero la llegada de la pandemia nos golpeó duro; empezamos a acumular deudas y, finalmente, nos vimos obligados a cerrar el local.